Poco le faltó a nuestro querido escritor portugués, único premio Nobel que ha dado la lengua de Pessoa y Lobo Antúnes, para irse a hacerle compañía a su Blimunda Sietelunas y a Baltasar Sietesoles, por mor de una neumonía de la que no lo sacó ninguna melodía del clavicordio del músico de la corte portuguesa Domenico Scarlatti, sino la dedicación y cuidados de su esposa, la misma de siempre; la que le traduce sus libros, incluido este último, que no es ningún cuento largo como se dice, sino una novela en toda la extensión (de la palabra).
Su inicio promete apenas menciona a don Juan, el tercero, rey de Portugal, "que pasará a la historia con el sobrenombre de piadoso", porque nos recuerda el comienzo de su monumental 'Memorial del convento', que en su primer párrafo siembra como protagonista a don Juan, el quinto, otro rey de Portugal. Pero la promesa no se cumple del todo, porque una idea más eficaz para un cuento que para una novela, se va agotando con el transcurrir de las páginas.
La singladura de un elefante indio (que de Salomón pasó a llamarse Solimán) por media Europa como extravagante e inútil regalo de un rey a un archiduque, yerno de Carlos V para más señas, puede sumir al lector en el mismo tedio que sume al cornaca que domina el mundo trepado en la nuca del elefante y a la caravana integrada por embajadores, sirvientes, una numerosa y atribulada soldadesca, bueyes y caballos.
"Hace más de dos años que ese animal llegó a la India, y desde entonces no ha hecho otra cosa que no sea comer y dormir, el abrevadero siempre lleno de agua, forraje a montones, es como si estuviéramos sustentando a una bestia que no tiene oficio ni beneficio, ni esperanza de provecho, El pobre animal no tiene la culpa, aquí no hay trabajo que sirva para él, a no ser que lo mande a los muelles del Tajo para transportar tablas, pero el pobre sufriría, porque su especialidad profesional son los troncos, que se ajustan mejor a la trompa por la curvatura, Entonces que se vaya a Viena."
Dos digresiones intermedias avivan la escritura: una sobre la religión hindú, en la que la imagen del elefante tiene mucho que ver (pues Ganesh, hijo del dios Shiva y de la diosa Parvati, es el dios con cabeza de elefante) y otra sobre el Amadís de Gaula, muy a propósito de heroísmos y aventuras.
Saramago mantiene el tono narrativo y poético de todas sus novelas y asimismo su sintaxis tan particular, cargada de ironías, frases sentenciosas y refranes, "en el mejor paño puede caer la mancha", "Somos, cada vez más, los defectos que tenemos, no las cualidades", "Qué es un acto poético, preguntó el rey. No se sabe, mi señor, sólo nos damos cuenta de que existe cuando ha sucedido"; pero la trama no le da para mucho. Si la novela es un elefante blanco, en medio de esas maravillas que creó antes de ganarse el Nobel, el lector juzgará. ¡Pero es Saramago! Y todo lo que provenga de su pluma, se lo recibimos con cariño.
El viaje del elefante
José Saramago
Alfaguara
270 páginas.
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