'El libro blanco de la sabiduría': un curioso experimento literario, cuyo autor también es ficción
"Yo soy un libro excepcional porque soy un libro que habla. (...) Yo soy un libro distinto porque desde mis orígenes gocé de la facultad de cambiar según los leedores, duplicando manuscritos guardados en lugares distantes. A unos lectores, si lo quería les hablaba de ciencias y a otros les contaba historias si historias me pedían. Hubo algunos que hice reír con finas comedias y a otros introduje en los arcanos del arte o en los preciosos fundamentos del álgebra".
Así se autopresenta en el prólogo este curioso experimento literario de reciente publicación, titulado 'El libro blanco de la sabiduría'. Un texto extraño, cuyo prólogo no está al comienzo sino en la mitad; que no tiene principio ni fin, que está habitado por dos extrañas líneas hambrientas que se comen a su paso cuanta letra e imagen encuentran en las páginas y que está escrito por un ser imaginario (Ruiz de Amadís), quien, en cierto modo, es coprotagonista de la historia.
A pesar de llevar en su título la palabra blanco, este curioso libro es negro, luego de haber sido arrojado a las llamas por un tirano déspota, cuando el ejemplar le dijo en la cara la verdad que no quería oír.
Otro detalle llama la atención del lector al tenerlo en sus manos: un extraño corte en la esquina superior derecha. Según lo explica el propio libro, una vez fue salvado de las llamas por un alquimista, "guardado estuve en la Biblioteca Vaticana hasta que me sustrajo el archivero que me vendió en París, ciudad que conocí en vísperas de la Revolución".
Fue entonces, cuando un niño que jugaba con a la guillotina, queriendo imitar a los mayores de la época, le mutiló una de sus esquinas.
Imágenes vivas
Ruiz de Amadís, un joven novelista sin novela, se dio cuenta de que se trataba de un libro vivo, el día en que lo abrió y, mientras reflexionaba sobre el mar, dibujó por accidente un pequeño pez al lado de dos líneas horizontales paralelas, que aparecían dibujadas al final del prólogo.
De pronto, una de las líneas despertó, y sin pensarlo dos veces, se engulló el pez de un solo bocado. Algo parecido a lo que le ocurrió al elefante con la serpiente en 'El Principito', de Antoine de Saint-Exupéry.
"Yo creo que la literatura es ante todo una construcción de imágenes, que se pueden describir con palabras, pero también con dibujos, de modo que nada impide combinar las dos técnicas", le dijo -vía correo electrónico- el misterioso Amadís a EL TIEMPO.
El autor aprovecha para citar varios ejemplos de combinación de texto e imagen, en alusión a una "tradición olvidada": ya Laurence Sterne lo había ensayado en el 'Tristram Shandy' a mediados del siglo XVIII. La experiencia sedujo a Lewis Carroll a mediados del XIX y a Guillaume Apollinaire a principios del XX.
"Mi preocupación es hacer ver que el oficio se puede ejercer echando mano del repertorio visual propio de las artes plásticas. Los sumerios supieron inventar un sistema alfabético absolutamente abstracto, los egipcios combinaron lo abstracto con lo figurativo para formar palabras, de lo cual quedan remanentes en el japonés, recurso que los mayas también emplearon. Con esto quiero decir que desde sus orígenes el acto de escribir ha tendido a resolverse con imágenes visuales, solución que el escritor de hoy puede explotar poéticamente", concluye Amadís.
El libro blanco de la sabiduría
Ruiz de Amadís
Random House Mondadori
165 páginas
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